dani llamas

Dani Llamas

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A veces parece que haga falta una desgracia para despertar, hacerse preguntas y salir de esa caja de creencias y hábitos que hemos ido creando desde pequeños y de la que, con el tiempo, es muy difícil salir.

En mi caso, tuvo que morir mi mujer. Me quedé viudo a los 39 años. Fue un golpe muy duro para mí y para mi hija Lola, que con solo 9 años perdió a su madre.

Y de algo muy doloroso, si uno se atreve a atravesarlo, puede nacer algo nuevo.

Desde muy joven empecé a trabajar como técnico de sonido en postproducción audiovisual. En Madrid trabajé con algunas de las mejores agencias y productoras de publicidad, y después en Barcelona colaboré durante más de 15 años en televisión con Minoria Absoluta.

A raíz de la muerte de Aurora, empecé a cuestionarme todo aquello que antes daba por hecho: mi trabajo, las relaciones, las creencias y mi forma de vivir.

Lola vivió su duelo y yo el mío. Distintos, pero profundamente conectados. Y en medio de todo ese dolor aprendimos a mirar la vida desde la aceptación, la gratitud y el amor.

Entonces llegó Mercè, mi pareja actual, también una maestra en nuestro camino. Y desde esa nueva mirada nació un viaje: un año viviendo los tres fuera.

Lola pudo ir al colegio en Bali, entre arrozales y ceremonias balinesas. Después pasamos por Tailandia, Nepal y finalmente India, donde colaboramos un tiempo con la Fundación Vicente Ferrer.

Y en Varanasi, a orillas del río Ganges, pudimos depositar las cenizas de Aurora en una ceremonia profundamente liberadora y sanadora.

La vuelta del viaje trajo una cierta normalidad, pero yo ya sabía que mi camino en el sonido había terminado. Estaba cansado, sin creatividad, había perdido la ilusión.

Entonces llegaron dos maestros en mi camino, ligados a la meditación y al silencio. A través de la red de meditadores Amigos del Desierto conocí a Pablo d’Ors, que me acercó a la dimensión mística y contemplativa del cristianismo. Más adelante, el Kriya Yoga de Paramahansa Yogananda se convirtió en una guía espiritual en nuestra vida.

Dejé el trabajo. Fueron años de vértigo, de crisis existenciales. Años de noches oscuras del alma, como dice San Juan de la Cruz. Años de duda, de miedo y de ataques de pánico que en algunos momentos tuvieron que ser sostenidos con ayuda médica.

Pero también hubo mucho aprendizaje: Coaching Co-Active, PNL, Reiki y el postgrado en Espiritualidad y Consciencia.

Y de ahí surgió una necesidad muy profunda: acompañar.

Acompañar a personas que, como yo en algún momento, atraviesan procesos de cambio, pérdida o búsqueda.

El coaching apareció entonces como herramienta y como guía para sostener procesos. Me ha ayudado a transitar mi propio proceso interior, a mirar la vida desde diferentes perspectivas y a reconocer con más claridad qué es lo que de verdad resuena conmigo y me da plenitud.

Escribiendo estas líneas me doy cuenta de que, cuando miro al pasado, incluso en los momentos más dolorosos, solo puedo sentir gratitud. Porque cada experiencia ha traído consigo un aprendizaje y, de algún modo, me ha llevado hasta la persona que soy ahora.