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Mercè Codina
Elegir una vida que se pareciera a mí.
Durante mucho tiempo viví la vida que se esperaba de mí. Hasta que una pregunta sencilla lo cambió todo: «¿Y siempre será así?»

Una vida correcta que ya no sentía como propia
Desde pequeña me dijeron cuál era la vida «normal»: casarme, tener hijos, una hipoteca y un trabajo estable. Yo no quería seguir los pasos de mis padres. No por rebeldía, sino porque mi corazón me pedía otras cosas.
Después de 23 años casada, vivía atrapada en las mismas rutinas. Crecía al lado de un hombre al que quería, pero del que cada día me sentía más lejos. Ya no compartíamos amigos, aficiones, música ni intimidad. Solo aquellos quince días de verano en los que volvíamos a mirarnos a los ojos, aunque cada vez nos reconocíamos menos.
Tenía un trabajo estable como logopeda en la función pública. El mismo trayecto, la misma gente, los mismos niños. Hasta que un día, durante uno de esos trayectos, apareció una pregunta: «¿Ya está? ¿Nada más?»
La decisión más dolorosa y más necesaria
Mi corazón dio un vuelco y, por primera vez, mi cabeza dijo no: no me quiero conformar.
El divorcio fue el primer movimiento. Tener que mirar a la cara a una persona que quieres y decirle que ya no deseas continuar a su lado rompe una parte de tu vida. Pero aquella decisión también me permitió descubrirme como mujer a los 39 años.
El viaje hacia fuera y hacia dentro
Entonces conocí a Dani. Fue un flechazo, un amor difícil de explicar. En una de nuestras citas me contó que se marchaba un año a Bali con su hija Lola, que tenía diez años. Después de perder a su mujer, necesitaba vivir aquella experiencia con ella.
No me lo pensé. Alquilé mi piso, vendí el coche, pedí una excedencia y preparé la maleta.
No fue solo un viaje físico. Fue un viaje hacia mis valores y hacia preguntas que ya no podía seguir evitando:
¿Quién soy? ¿Qué quiero hacer con mi vida? ¿Cuál es mi propósito? ¿Qué quiero de verdad?
Una maternidad inesperada
Nunca había querido tener hijos. La maternidad era una responsabilidad que no había deseado vivir. Y, de repente, apareció una niña de ojos verdes que me cogió de la mano y me dijo que confiaba en mí.
Sin buscarlo, dentro de mí creció un amor que nunca había experimentado. Lola me permitió descubrir una forma de ser madre que no estaba en ninguno de los planes que otros habían imaginado para mí.
Volver fue el verdadero reto
Viajar te transforma. Pero volver significa integrar quién eras con la persona en la que te has convertido. Al regresar, empecé una nueva vida junto a Dani y Lola, y comprendí que ninguno de aquellos movimientos había sido casualidad.
Apareció entonces otra pregunta: ¿y si pudiera acompañar a otras personas a hacerse estas preguntas antes de sentirse perdidas?
Hoy acompaño a adolescentes en uno de los momentos más importantes de sus vidas: cuando empiezan a decidir quiénes quieren ser. Quiero ayudarles a hacer ese «clic», a reconocer su propia voz y a construir una vida que realmente les pertenezca.
No hay una única vida normal. No hay un único camino correcto.
A veces solo necesitamos que alguien crea en nosotros hasta que también podemos hacerlo. Hoy ese es mi propósito: ser la persona que yo habría necesitado cuando tenía quince años.